PROBIOTICOS Y PREBIOTICOS.

La superficie de la luz intestinal (equivalente a un campo de fúbol) acumula más de 100 trillones de microorganismos lo que equivale a 10 veces el número de células que componen una persona adulta. El intestino humano es, por tanto, un verdadero ecosistema esencial para la absorción eficiente de nutrientes y para el mantenimiento de la salud en general. En una versión persa del antiguo testamento en el génesis ya se apuntaba que la longevidad de Abraham era debida al consumo de “leche agria”. Ya en el siglo 76 antes de Jesucristo el historiador romano Plinio recomendaba la administración de lácteos fermentados para tratar la gastroenteritis. En 1908 el premio nobel Elie Metchnikoff atribuyó la longevidad de ciertas poblaciones balcánicas al consumo habitual de lácteos fermentados, que contenían lactobacilos que “reducirían las toxinas producidas por las bacterias intestinales, promoviendo la salud y prolongando la vida”. A principios del siglo XX se describió que la bacteria Lactobacillus acidophilus podía sobrevivir en el intestino humano.

La fermentación ácido láctica de alimentos procedentes de plantas parece que fue incorporada por los homínidos aproximadamente 1,5 millones de años antes de Jesucristo. Esta práctica fue ampliamente usada en Europa hasta la revolución industrial y todavía hoy en día, es empleada habitualmente por diversas comunidades africanas, ya que es una forma segura y simple de conservar los alimentos. La ingesta de lácteos fermentados posiblemente se incorporó a la alimentación humana posteriormente (hace unos 10.000 años) a la de los vegetales fermentados. Posiblemente en su evolución, los humanos fuimos adaptando nuestro tracto gastrointestinal a un aporte diario más o menos elevado de bacterias ácido lácticas vivas. En los países industrializados durante el siglo 20, se dejó de ingerir este tipo de alimentos lo que posiblemente, haya condicionado diferentes problemas gastrointestinales e inmunológicos. En la década de los 80 se incorporó el concepto de que ciertos componentes no digeribles de la dieta podrían favorecer el crecimiento de determinadas cepas de bacterias en el intestino que se asocian a efectos beneficiosos para la salud.

Concepto de probióticos, prebióticos y simbióticos Si bien la definición inicial de los probióticos propuesta en 1965 se refería a sustancias secretadas por los microorganismos que estimulan el crecimiento de otros (en oposición a los “antibióticos”), actualmente el término probiótico hace referencia a un preparado o a un producto que contiene cepas de microorganismos viables en cantidad suficiente como para alterar la microflora en algún compartimento del huésped (por implantación o colonización) y que produce efectos beneficiosos en dicho huésped. La definición incluye bien productos que contienen microorganismos (por ejemplo, leches fermentadas) o un preparado de microorganismos (por ejemplo, comprimidos o polvos). La OMS propone una definición más simple y se refiere a microorganismos vivos que cuando son administrados en cantidad adecuada confieren un efecto beneficioso sobre la salud del huésped. El término prebiótico se refiere a los ingredientes de los alimentos no digeribles que producen efectos beneficiosos sobre el huésped estimulando selectivamente el crecimiento y/o actividad de un tipo o de un número limitado de bacterias en el colon. Esta definición se solapa en parte con la definición de fibra dietética, aunque añade la selectividad de los prebióticos sobre ciertos microorganismos en concreto (por ejemplo, la ingestión de fructooligosacáridos y la inulina favorecen a las bifidobacterias de forma selectiva). El término fibra dietética es un término más amplio que se refiere a diversos carbohidratos y la lignina que resisten la hidrólisis por los enzimas digestivos humanos, pero que pueden ser fermentados por la microflora colónica y/o excretadas parcialmente por las heces. Esta definición incluiría dentro del concepto de fibra a los polisacáridos no almidón (celulosas, hemicelulosas, pectinas, gomas y mucílagos), la inulina, los fructooligosacáridos, los galactooligosacáridos, el almidón resistente (almidón y los productos procedentes de la degradación del almidón, que no son digeridos en el intestino delgado de los individuos sanos ). Algunos de estos componentes de la fibra cumplen estrictamente los criterios para ser considerados como prebióticos (Inulina, Fructo-oligosacáridos, Galactooligosacáridos, oligosacáridos derivados de la soja, xilo-oligosacáridos, pirodextrinas e isomalto-oligosacáridos). Sin embargo, otros componentes de la fibra son difíciles de clasificar; por ejemplo, la goma guar, un tipo de fibra soluble fermentable, promueve en parte el crecimiento de bacterias probióticas pero también actúa como sustrato general (no específico) de las bacterias colónicas (“alimento colónico fermentable”) por lo que no podría considerarse en sentido estricto como tal “prebiótico”. De igual forma, algunas fracciones del almidón resistente sí que actuarían específicamente como prebióticos y otras simplemente como “alimento colónico fermentable” para las bacterias sacarolíticas. En esta revisión nos centraremos preferentemente en el empleo de prebióticos (en sentido estricto), si bien haremos algunas referencias someras a los efectos de la fibra (fermentable) en algunas patologías concretas. El término simbióticos se refiere a aquellos productos que contienen probióticos y prebióticos. En sentido estricto debería ser reservado a productos en los que el componente prebiótico selectivamente favorece al componente probiótico (por ejemplo oligofructosa y bifidobacterias pero no oligofructosa con Lactobacillus (L) casei; no obstante, si se entiende el sinergismo ampliamente ésta última combinación sería posible). En la tabla I se esquematizan los principales pro, pre y simbióticos empleados en la práctica clínica. En este capítulo nos centraremos casi exclusivamente en los trabajos realizados con probióticos, prebióticos y simbióticos (preferentemente randomizados y controlados) en los que las variables de resultados fueran clínicamente importantes (no hablaremos, por tanto, de trabajos en que se evalúan aspectos fisiopatológicos). Al realizar esta selección disminuyen los estudios realizados con probióticos aportados como productos lácteos, por lo que en la revisión, nos centraremos principalmente en estudios en los que los probióticos y simbióticos se adicionan en forma de preparados comerciales (polvos, cápsulas etc.). En la tabla II se resumen los principales efectos buscados con el uso de pre, pro y simbióticos en la práctica clínica.

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